En el siglo XIX era octubre de 1890 y en Zapotlán el Grande se vivían con alegría sus fiestas de octubre, estas corrían sin contratiempos en honor al Señor San José.
Ese año en especial se llevaba a cabo la celebración dando gracias por el copioso temporal de lluvias que para ese año había sido inusual por la cantidad de agua que había caído desde mayo en todo el valle de Zapotlán y la región.
Ya era el 18 de octubre y exactamente al mediodía bajo un fuerte sol aparecieron tras la montaña oriente del valle de Zapotlán unas enormes nubes negras que rápidamente avanzaron y cubrieron con su manto obscuro todo el valle. El cielo comenzó a nublarse con una rapidez de sol a sombra nunca antes vista, y para pasadas las tres de la tarde comenzó una pequeña llovizna.
A pesar de la lluvia ese día las personas se congregaron como de costumbre por las festividades en el atrio del antiguo templo donde hoy está el santuario de Guadalupe a las 4:00 pm, para salir en procesión al templo mayor hoy el sagrario, ya que la catedral se encontraba en construcción. Llegaron a la misa de 5 de la tarde y al salir de la misma la normal lluvia se había convertido en una fuerte tormenta. A las personas mayores se les ofreció quedarse en la casa pastoral puesto que la intensidad de la lluvia era muy fuerte, pero poco a poco el templo se fue quedando vacío al ver que no cesaba el fuerte aguacero y pronto obscurecería por completo.
Así pues, pronto oscureció todo Zapotlán y las pocas lámparas de queroseno que alumbraban el centro del pueblo ni siquiera pudieron ser encendidas quedando en total oscuridad. Durante toda la noche del 18 de octubre llovió, y al amanecer del día 19 continuó la lluvia de manera fuerte e ininterrumpida. Este día se suspendieron las actividades al culto religioso por la continua lluvia que no cesó en todo el día y la noche.
Amaneció el día 20 de octubre y la lluvia continuaba sin dar tregua, al contrario, parecía que al avanzar cada hora aumentaba la cantidad de agua que caía en el valle de Zapotlán. Ante esta situación varios de los indígenas dirigentes de sus etnias y barrios se reunieron en el portal Sandoval para tratar de poner fin a aquel gran diluvio. Hablaron con el Sr. Presb. Don Pablo Contreras para pedir sacar las imágenes en procesión y pedir que cesara aquel diluvio, pero este comentó que necesitaba la autorización del jefe político del pueblo.
Los indígenas se dirigieron a la casa del jefe político y así anduvieron de una casa a otra pidiendo la autorización más finalmente fue negada por ambas autoridades ya que el riesgo de la procesión era muy alto puesto que las calles comenzaban a convertirse en ríos. Algunos de los indígenas un tanto alcoholizados realizaron varios desmanes en el centro del pueblo tras la negativa de prestarles las imágenes para salir en procesión.
Cuarenta y dos horas hacía que llovía torrencialmente, sin interrupción de un segundo, siendo así que la famosa lluvia de San Miguel, la peor de que se guardaba memoria en el valle de Zapotlán y que tuvo lugar el 29 de septiembre de 1855, produciendo la gran inundación de Tamazula, solamente duró en Zapotlán unas veintiocho horas, habiendo cesado.
Mientras tanto en este diluvio las calles parecen ríos, en las casas menos reforzadas de paja de las orillas de la población comenzaron sus paredes de adobes a caer y la población a angustiarse.
Así pues, el día siguiente, el 21 de octubre de 1890 amaneció con una ligera brisa muy débil pero constante y la población confió en que ya pronto terminaría al ver bajar de tono la constante caída de agua y ver el cielo más iluminado y un tanto queriéndose despejar, pero estaban equivocados, pasando las 10:00 am comenzó repentinamente a oscurecerse y arreciar el aguacero, todo pareciera indicar que por unas horas muy temprano en la mañana pasó Zapotlán por un ojo de huracán, algo que se dedujo en tiempos modernos ya que en esa época no sabían de la conformación meteorológica de los huracanes.
El aguacero se hace ver como un verdadero huracán subiendo con esto de punto en los habitantes de Zapotlán la ansiedad y la alarma, el viento sopla y ruge con mucha fuerza, viniendo de rumbos distintos. Corrientes aéreas se encuentran y chocan con furor, las gotas o chorros de agua ya no caen en vertical sino casi horizontalmente, alimentados por el poderoso soplo del huracán.
El cielo se oscurece cada vez más, y no se ven sino nubes y agua, por todas partes. Y como el chubasco se prolonga, el desastre comienza, el arroyo, mejor dicho, el río que atraviesa de oriente a poniente, para dirigirse luego al noroeste de la población, crece y crece, de una manera rápida, desmesuradamente, como nunca se había visto. Sus ondas gigantescas y embravecidas aguas arrastran todo a su paso formando un ruido sordo, grandes piedras, troncos de árboles, animales ahogados, etc.
Principalmente donde es estrechado se hallan los puentes, que ya no puede contener la furiosa avalancha, el agua sube más y más, hasta elevarlo como unas tres varas arriba de su cauce normal (2.5mts), derramándose al instante sobre los puentes, por las olas que producía y derribando o rompiendo las paredes de las casas construidas a orillas del arroyo.
La inundación entonces viene a ser un hecho para las casas, calles y barrios que se hallan cerca del río. El pánico se apodera de muchos, y las familias que corren más peligro huyen despavoridas a la parte más alta y segura de la población, que es la parte oriental, llevándose precipitadamente cuanto pudieron.
Hubo familias que en la parta más baja de la calle de San Pedro o camino real (hoy primero de mayo), salieron de sus domicilios con el agua a la cintura y otras fueron salvadas a caballo por numerosos vecinos, varios de ellos de los más distinguidos, que, cerciorados o temerosos del riesgo que se corría, prepararon, y ciertamente no en vano, sus caballos y sus carruajes para todo evento.
El puente que cruzaba por esta calle de San Pedro rápidamente sucumbió ante el embate del agua y donde hoy se encuentra plaza del río fue totalmente el cauce del río razón por la cual se le dio este nombre a la plaza, llegando el agua en la orilla opuesta de éste río a la calle degollado y después negrete, orillas donde en esos tiempos no estaba permitido fincarse del lado del río, sólo por la acera de enfrente, esta calle delimitaba la rivera del rio.
Gracias a esto no hubo tantas pérdidas humanas y materiales. Tras el crecimiento poblacional y la presión social por construir en zonas céntricas poco a poco se fue olvidando esta regla de construcción hasta quedar hoy en día estos límites naturales olvidados.
Por la calle de la concordia (Ramón Corona) se había construido años atrás un gran puente de piedra el cual sus gruesas paredes resistieron el embate del agua, pero también provocaron una gran represa al no caber el caudal de agua por sus arcos, además estos arcos pronto fueron taponeados de troncos de pinos y ramas arrastrados desde el cerro que acrecentaron más la represa, el agua llegó a salir hasta la actual calle Quintanar.
Ya en la salida del pueblo el agua llegó a las gradas del antiguo templo donde hoy está el nuevo santuario y se desbordó por varias casas de la actual calle Núñez y Reforma tumbando los muros de adobe para salir arroyos de agua por las puertas de las casas sobre por la calle Núñez principalmente.
Las personas especialmente del barrio del camposanto y de otros del mismo rumbo (Manuel M Diéguez), cuyo suelo era de lo más bajo de la ciudad, presenciaron un movimiento sísmico corto, pero de gran sacudida, asustados salieron de sus casas por temor a que se derrumbaran los adobes por tanta agua e incrédulos vieron cómo surgió una enorme grieta en el suelo que partió a la mitad cuanta casa se le atravesó, y que cruzó casi toda la ciudad en diagonal.
La gente huyó de sus casas temerosos y emprendieron camino hacia la montaña oriental al ver que del lado poniente de la grieta se hundió todo el valle aproximadamente 30 cm en relación al lado oriente, temiendo un hundimiento del suelo mayor o que la grieta se abriera más huyeron con familiares o amigos al lado oriente.
Esta grieta se ocasionó debido a la super saturación del suelo de agua y debido a que su base es un lecho de arena y fango acumulado a través de milenios como vaso lacustre tras las grandes eras de hielo hacen un suelo inestable y con alto nivel de compactación. A diferencia del lado contrario está soportado bajo un suelo rocoso el cual es el inicio de la meseta de la sierra del Tigre. Este suceso fue el primero que se tenga conocimiento en donde surgió la gran falla tectónica que atraviesa el valle de Zapotlán, grieta que al paso del tiempo en cada terremoto se hunde más el lado poniente del valle, hasta tener hoy en día una diferencia de 1.70 mts entre ambos lados en algunos tramos.
El Mesón del Venado que por esas fechas estaba casi lleno debido a la feria, fue casi totalmente destruido, y del cual arrasó el aluvión de agua animales, cargas de perón, sal y de otros productos comercializados por el camino real, llevados por el río hasta la laguna.
El torrente de agua inutiliza las calderas y el domicilio del Sr. D. Celso Vergara, donde la corriente sólo dejó el edificio. Tal fue la cantidad de lodo arrastrado que llenó toda la parte baja de la calle san Pedro y la plazuela del santuario, dejándolas intransitables por varios días, y haciendo que de tener un nivel muy bajo quedase levantado de una manera ya permanente el nivel que cuenta hoy en día la citada plazuela casi hasta la altura del atrio, que fue de unos dos metros.
Para este día del 21 de octubre de 1890 en nivel de la extensa laguna en su totalidad subió más de dos varas en tan sólo tres días (1.70 mts), prácticamente llegando está a la orilla del camino real desde el Sabino hasta el camino a la hacienda La Cofradía, la orilla del camino se convirtió en la rivera de la laguna.
Se tuvo conocimiento también que en lugares como Sáyula Zacoalco, Ameca, Tamazula, Quitupán, Manzanillo, etc. estuvo presente este diluvio, con graves daños a las comunidades, para el final del día 21 de octubre finalmente la lluvia comenzó a disminuir mientras caía la noche.
A la mañana del día siguiente, el 22 de octubre de 1890 finalmente la lluvia había cesado. El súbito crecimiento del río hasta una altura que nunca se había visto y que sorprendió en pleno día a las familias que habitaban junto a las márgenes, el encuentro y choque de nubes por todos lados vaciando mares de agua, el haber sido arrancados de raíz árboles corpulentos, pinos gigantescos, en los cerros inmediatos, y arrastrados a grandes distancias, el desprendimiento de grandes peñas del cerro del mismo nombre, de firmes rocas, que, desgajadas de su antiguo sitio, rodaron hasta las lomas altas del pueblo, y el haber sido partidos en varios puntos los cerros, quedando en ellos marcadas huellas que desde larga distancia se ven, todas estas cosas añadidas a la facilidad con que allí se forman esos terribles meteoros, fue lo que se dejó ver al amanecer de esa tromba horrenda, y que estuvo a punto de acabar con la población.
Algunos campesinos, que desde altos cerros inmediatos vieron el diluvio que cayó sobre Zapotlán, juzgaron que la ciudad se había destruido por completo. La gente que había salido de sus casas regresó para comenzar a sacar el lodo y reconstruir sus viviendas. Y aún en este desastre el día 23 de octubre los indígenas se reunieron en el atrio del templo para saber si se les permitiría ahora sí sacar las imágenes de la sagrada familia, pero solo se realizó un recorrido en el atrio del templo, ya que las calles donde corrió más agua quedaron muy dañadas.
En ese entonces el Sr. coronel D. Andrés Michel, jefe político entonces del 9 cantón al enterarse que habían sacado las imágenes mandó un pelotón de soldados para no permitir saliera la procesión de este atrio por el riesgo que representaba. Así sucedió y las imágenes regresaron al templo y se celebró una misa de acción de gracias por haber sobrevivido a tan terrible huracán y fin de fiestas.
Cabe señalar que en los años subsecuentes en varias ocasiones más este arroyo se ha salido de su cauce mas no con esta magnitud nunca más vista. En Tamazula el rio grande también se salió de su cauce inundando todas sus playas llegando a la orilla del camino viejo a la altura de la hacienda de Soyatlán.
En Atenquique se menciona que la barranca del mismo nombre bajo tanta agua y lodo que desgarró las laderas del volcán y se comió cerca de 400 mts más de este coloso, adentrándose más esta barranca en las entrañas de la montaña y haciendo sus paredes aún más verticales por los constantes deslaves, ya que su suelo es principalmente arenoso. Las lagunas recobraron la majestuosidad que alguna vez tuvieron, las olas de la laguna de Sayula llegaban libremente hasta Techaluta y las de Zapotlán taparon el camino de Atequizayan y la Cofradía.






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